La Edad Media, uno de los periodos más convulsos y oscuros de la historia de la humanidad, plagado de guerras y de intolerancia religiosa, se caracterizó por el empleo de numerosos medios de crueles torturas, a cargo de una institución creada por la Iglesia Católica: la Inquisición.
También conocida como Medievo o Medioevo es la etapa histórica de la civilización occidental comprendida entre el siglo v y el XV. Su inicio se sitúa en el año 476 con la caída del Imperio romano de Occidente y su fin en 1492 con el descubrimiento de América, o en 1453 con la caída del Imperio bizantino (Imperio romano de Oriente).
Para aplicar esos tormentos surgió, en el siglo XII en Europa, la Inquisición o Santa Inquisición, tribunales establecidos por el catolicismo para castigar los delitos contra la fe, mediante «el tormento y sufrimiento del cuerpo para obtener la verdad», como lo definió Domicio Ulpiano, jurista romano de origen fenicio.
Sus víctimas eran las brujas, los homosexuales, los blasfemos, los herejes (cristianos que niegan algunos de los dogmas de su religión) y los acusados de judaizar en secreto, y esas condenas se impartían mediante los más crueles castigos.
El presbítero dominico castellano Tomás de Torquemada (1420 – Ávila, 16 de septiembre de 1498) fue un presbítero dominico-castellano, confesor de la reina Isabel la Católica y primer inquisidor general de Castilla y Aragón, quien entre 1480 a 1530, llevó a cabo el mayor periodo de persecución a judeoconversos.
En esa maquinaria de terror se destacó la «silla de hierro», conocida como «silla de tortura», «silla de la agonía», empleada en la Edad Media como castigo por adulterio, asesinato, utilizada hasta finales del siglo XIX en España y en Europa, en general, y tenía variantes, según su ubicación, pero básicamente consistía en entre 500 y 1500 clavos que cubrían toda el asiento y un agujero en el fondo para colocar fuego y carbón debajo, para quemar las partes inferiores del cuerpo de las víctimas y asarlas vivas lentamente.
Tenía un asiento con puntas y cuchillas, que se clavaban en el cuerpo de la víctima, cuando se cerraba lentamente, causando un dolor insoportable y lesiones graves. Ese artefacto venía en todos los tamaños y formas, con pinchos, esposas, bloques para sujetar a los torturados y con fondos de hierro.
El «sillón de la Inquisición» o el «sillón de las brujas», donde muchos cristianos fueron ejecutados por poseer la Biblia, fue uno de los muchos dispositivos que los católicos romanos usaron durante la época de la Inquisición, para obtener confesiones de mujeres a las que acusaban de brujería o de personas acusadas de blasfemia. Cuando confesaban, las quemaban vivas o las decapitaban.
Uno de los aparatos de tortura más famoso y aterrador era la «sangrienta doncella de hierro». Este dispositivo, que parece tener sus orígenes en Alemania, era en un ataúd de hierro con forma humana, generalmente con un rostro femenino. En su interior había una serie de clavos y puntas afiladas que se clavaban en el cuerpo de la persona, al cerrar las dos mitades del sarcófago, causando un sufrimiento prolongado y una muerte lenta.
El «potro o ecúleo» era un instrumento en el que el acusado era amarrado de pies y manos a una superficie plana conectada a un torno (el potro), el cual, al girar, tiraba de las extremidades en sentidos diferentes, usualmente dislocándole, pero también pudiendo llegar a desmembrarlas.
Sin embargo, el método de tortura del potro usado por la Inquisición española fue diferente, ya que consistía, según el historiador británico Henry Kamen, en «atar fuertemente al prisionero a un bastidor o banqueta con cuerdas pasadas en torno al cuerpo y las extremidades, que eran controladas por el verdugo, quien las iba apretando mediante vueltas dadas a sus extremos. Con cada vuelta las cuerdas mordían la carne atravesándola».
En la «garrucha» (polea), se suspendía al prisionero por las muñecas y lo dejaban caer desde una altura controlada. La violenta sacudida al final de la cuerda, provocaba dislocaciones y un dolor extremo, obligando al reo a confesar. Si el peso del cuerpo no era suficiente se podría añadir, colgándose de los pies, un peso adicional. Este castigo era común en toda Europa y se utilizaba tanto en la Inquisición como en otros tribunales de la época.
El «tormento del agua», consistía en tapar las fosas nasales al reo y, después, le introducían una especie de embudo en la boca por donde le hacían tragar grandes cantidades de agua. Además de la horrible sensación de ahogamiento (muchas víctimas se quedaban inconscientes durante el proceso), y solían morir por ruptura del estómago. Después, la tortura se fue perfilando y en lugar de utilizar un embudo se colocaba un trapo de lino en la garganta, lo que alargaba el tormento.
De origen veneciano, el llamado «aplasta pulgares», se basaba en colocar los dedos de las manos y a veces también los pies de la víctima en un instrumento metálico (aunque se usaron diferentes dispositivos mecánicos a lo largo del tiempo) y se aplastan uñas, falanges y nudillos de forma progresiva, pudiendo extender el dolor durante días y mutilando, finalmente, el miembro, debido al desgarramiento.
La «cuna de Judas», instrumento pensado también para sacar confesiones, era una pirámide de madera puntiaguda, afilada, sobre la que se alzaba a la víctima para después dejarla caer sobre ella, de modo que la punta se topaba con la zona genital o anal provocando desgarros, aunque se hacía con diferente presión en función de cuánto dijera el acusado. Era utilizado en Europa, siendo conocido con el mismo nombre (alusivo al apóstol traidor) También es nombrado Vigía (en portugués), es decir, «vigilia», pues el condenado era dispuesto de tal manera, que, si se dormía y relajaba el cuerpo, caía sobre la punta hiriente del instrumento. Se dice que las dictaduras militares hispanoamericanas del siglo XX, usaron ese artefacto con algunas mejoras como electricidad y un cinturón.
Otros métodos, algunos de ellos tomados de los griegos, eran el lignum, dos trozos de madera que rompían las piernas; el ungulae, uso de garfios que laceraban la carne; la tortura con metales calientes al rojo; la flagelación; la mala mansio (o mala casa) que consistía en poner al acusado en un espacio estrecho. También diversas formas de pena corporal fueron utilizadas como métodos de tortura, como el «castigo con barras», los «azotes» y los «golpes con cadenas».
Aunque parezca increíble, entre 1266 y 1586 se realizaron, sólo en Francia, por lo menos 60 juicios contra animales en los tribunales de la Inquisición, en todo el occidente cristiano, según el historiador Michel Pastoureau.
Pastoreau citó como ejemplo el enjuiciamiento a una cerda declarada culpable por el fallecimiento del bebé Jean Le Maux, y fue vestida como humana, torturada, mutilada y condenada a muerte, a pesar de que no «confesó» frente a ningún cura, tras nueve días de juicio en Falaise, en 1386.
Sin embargo, en 1457, en Savigny-Sur, en Borgoña, el tribunal logró, bajo tortura, el «reconocimiento» de su delito, de otra marrana que había asesinado a un pequeño de cinco años. En otro caso, la condena fue más fuerte porque el puerco cometió su crimen un viernes de vigilia, considerado un «pecado mayor», añadió el experto.