EPISODIOS DE REPORTERO: DERRAME DE MANTECA EN CALLES DE LA HABANA
Jorge Rojo Mora y amigos periodistas de la UPEC

No te asombres, te diré que ojalá no te ocurra: el director te mete en la candela y él también lo está; nadie conocía la trascendencia de la información: “Derrame de manteca por calles de Centro Habana y Habana Vieja” (antes de agravarse el Período Especial) “Aprieta y dale a los pedales”, me dije cuando me vi en aquella situación.

La cámara de video del noticiero de televisión era de un modelo que tenía por delante como 9 generaciones: pesaba como un saco de azúcar, conectada a la grabadora por un cable de un metro y medio, que no grababa con humedad y pocas veces cuando el sol comenzaba a retirarse.

Yo entonces era un periodista distanciado del trabajo reporteril, cumpliendo funciones de dirigente, y me sorprendió aquella apurada indicación, muy escueta: “coge la cámara, hay problemas en Centro Habana, te esperamos para las 8 (el noticiero de la noche)”.

Los miembros del equipo no habían probado almuerzo y salieron de mal humor. En camino nos abrimos paso con urgencia, como si fuéramos a un incendio.

La insólita noticia era de mucha importancia y no habíamos recibido datos que todo periodista de televisión necesita para planear su relato y orientar al camarógrafo.

Desconocíamos el punto neurálgico para no perder el tiempo, coordinar el trabajo, ajustar la cámara a la iluminación, y los tres trabajar muy coordinados para evitar desconexión entra la cámara, grabadora y micrófono.

EN ACCION
La televisión es “lo máximo” si la sabes explotar: orienté “graba desde el carro, aunque no tengas foco, no esperes por mi orden, cuiden el equipo y (dije al chofer) ¡protégelos!. Voy directo a buscar información”.

 Seguimos a la gente que corrían con calderos y fuimos a parar a un almacén. Allí, quienes empujaban, sin importar sexo ni edad, querían poner sus vasijas en la parte trasera de un camión con tanques de manteca.

Dejo al equipo, busco orientarme con el chofer del vehículo, localizo al jefe del almacén. En esa corredera resbalo, me veo en el aire, alguien me sostiene y esa misma persona me dice: “…esto no es nada“.

Llamo al equipo, entro con cuidado al almacén y veo tanques de los que salía manteca, regada por todo el piso.

“¿Por qué no la dan por la libreta?”, grita una mujer; “…por qué no organizan la cola…”. Otra mujer me dice discretamente: “…esto no es nada, por donde vienen los camiones los carros patinan y dicen que hay accidentes…”

Le pegunté al jefe de almacén: ¿por qué no reembolsan la manteca, que se filtraba por las paredes de los grandes recipientes? “Porque aquí estoy yo solo, he llamado a todas partes y nadie aparece; pedí tanques metálicos y me informaron que no había disponibilidad”.

Con mucho disgusto y articulando siguió: “…usted cree que esto no me duele, los tres que trabajamos aquí tampoco tenemos manteca en las casas y aquí nos ve resbalando constantemente. En cualquier momento nos rompemos huesos, cabeza, las piernas, intentando inventar…”

El sol se despedía de la tarde: aprovechamos, tiramos unos planos de personas,  algunas con niños, y fuimos al puerto de La  Habana, de donde procedía el producto. Allí, dos custodios en la puerta y una cadena impedían el paso. Llamaron a la dirección y el silencio demostró que no podíamos pasar. Los custodios nos cedieron el acceso bajo su responsabilidad cuando les dije que de todas formas bajaría la cadena. Ellos me respondieron “Nosotros con usted”.

Corrí hasta llegar a la descarga de barco y el camarógrafo no perdió tiempo, aprovechó la poca iluminación natural. Alguien con apuros gritó ¡Paren ahí, voy a llamar a la policía, al Partido, esto no puede publicarse!.

Con mucha elegancia le dije que llamara. Cuando la luz no acompañaba la filmación precisé procedencia del barco, por qué los derrames de manteca, los tanques con grietas, qué opinan los estibadores. No pude filmar las entrevistas, prometí amanecer en el puerto, que era el lugar neurálgico.
Regresé con el noticiero ya en el aire; tenía un cubículo de edición preparado y como filmamos camarógrafo y técnico, mientras yo grababa, ellos con la editora separaron imágenes de importancia (eso es trabajo en equipo muy necesario en situaciones complicadas).

Pero la raíz del problema era muy necesaria para llegar a conclusiones que no dejaran dudas, insatisfacción, posibles negligencias, posible contaminación, qué pasará con la manteca estibada en almacén, hogares; las vías circundantes al hecho parecían ser de peligrosidad. ¿Cuáles serían las pérdidas calculadas?.

Le dije a Ovidio Cabrera, director del noticiero, que la encomienda de ese día incluía el compromiso de salir con un segundo trabajo en la jornada siguiente. Y respondió: ¡Amigo, te metí en la candela sin saber lo que pasaba, se ve que se esforzaron, trabajaron en equipo y en un corto tiempo hemos salido al aire con racionalidad! Tienes un carro a tu disposición”.

Fueron tantas las llamadas de reconocimiento que Ovidio se quedó con nosotros durmiendo sobre las sillas.

COLOFÓN
Al día siguiente, agotados, con dolor en los huesos y el estrés del anterior, amanecimos en el puerto de La Habana: a los 10 metros de la entrada los custodios dejaron caer la cadena. Nos esperaban con café y un guía para evitar obstáculos o detenciones. Cerca de la descarga aguardaban especialistas muy atentos y un camión con un contenedor. Priorizamos esa filmación.

El camarógrafo se olvidó del peligro, no perdió un detalle de la descarga, después grabamos la apertura del contenedor para comprobar el estado de la carga.

Gracias a que nos distanciaron de las puertas del contenedor antes de abrirlas no fuimos víctimas de lo que presenciamos: cuando quitaron los sellos de seguridad, sin terminar de abrir los cierres, una fuerte presión que parecía olas con vientos huracanados empujó a los trabajadores y bañó de manteca todo lo que estuviera a menos de unos 10 metros de distancia; otros tanques explotaban en cadena, era un momento para llorar.

El barco que llegó tenía meses de retraso y la carga no cumplía los paramentos acordados, la manteca siempre se transportaba en tanques metálicos, el calor en la bodega de un barco multiplica la temperatura que el plástico no resiste.

Pregunté por el consumo de la manteca derramada. Nadie podía asegurar que fuera comestible y podría originar malestares e incalculables consecuencias. El puerto tendría que interrumpir las operaciones y tendría pérdidas por sobre estadía.

Todo ello lo reflejamos en el segundo trabajo, y aunque no hablé del proveedor ni me detuve a detallar irregularidades. Eso sí, expusimos para la población de los municipios involucrados que la manteca derramada en la vía .según la advertencia de especialistas, no se podía asegurar su estado comestible.

ENSEÑANZA 
Todo trabajo investigativo debe ir a la raíz del problema, evitar el sensacionalismo, escarbar para no dejar dudas ni posibles especulaciones. Darle seguimiento a asuntos de interés social resulta imprescindible para la excelencia del periodismo que deseamos hacer.

*Se presenta como “periodista jubilado pero no retirado”. Con más de medio siglo de profesión, escritor y autor de materiales audiovisuales. En la foto, al centro, tras recibir la Medalla 60 aniversario de la UPEC

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