Desafíos del periodismo cubano actual
Periodismo actual

No basta son ser veraz, bienintencionado, claro, preciso e incluso sensatamente crítico para que el periodismo cubano venza los desafíos que la guerra mediática que se le impone a su país por proclamar –e intentar desde hace más de seis décadas- hacer del socialista un camino socialmente justo y humanamente gratificante.

Con el paso del tiempo los métodos, fuentes y artimañas utilizados contra esa aspiración han ido evolucionando en ese terreno. Solo los más viejos recordamos la Radio Swan, de inicios de los 60, destinada a bombardear mentiras por ondas radiales. O incluso, más cercanos en el tiempo, sus herederas Radio y Televisión con nombre de nuestro Héroe Nacional, que tienen solo el significativo mérito de seguirle costando dinero a los contribuyentes en Estados Unidos, sin ganancia ideológica alguna.

Ahora, gracias a los abundantes recursos económicos y capital profesional a su disposición, esa tarea de socavar las ideas, posiciones y países no funcionales a la hegemonía imperial se lleva a cabo mediante las mal llamadas “redes sociales”, con matrices, sedes y estructuras nacidas, criadas y acunadas por ese poder global.

Y soy de los que advierten que el término que califica a esas redes es tan engañoso como lo fue llamares “progresistas” a los que buscaron –y lograron—destruir la experiencia socialista en Europa, o los que llaman “pacificadores” a los intervencionistas en conflictos que ellos mismos crearon para desestabilizar a medio mundo subdesarrollado.

Pero el asunto es, más allá de semántica y paralelismos, que con la hiperabundancia de informaciones-noticias-opiniones, llegan también las ya célebres “fake news”, las descontextualizaciones y la alteración de hechos, antecedentes e incluso de la historia, creando matrices de opinión alejadas de juicios sensatos, balanceados y sobre todo veraces.

En esa realidad planetaria, porque se maneja en cuanto idioma o dialecto existe, Cuba también está sumergida. Basta con saber que se cuentan por miles los efectivos que cuenta Washington dedicados a esa “guerra mediática”, un segmento de los cuales tiene su colimador enfocado en nuestra pequeña e inquebrantable nación, para mantenernos en alerta permanente y pensarnos como profesión para no darle al enemigo, como advirtiera El Che, “ni un tantico así” de oportunidades para ganar adeptos, confundir, indisponer e incluso movilizar a esos “ignorantes útiles” a sus intereses antipatrióticos.

Por eso sufro a diario cuando veo, leo o escucho pifias evitables, repeticiones rayanas en la sobresaturación, mala pronunciación de términos extranjeros o expresiones aburridas o pobres o esquemáticas o alejadas de la realidad que todos vivimos a diario.

Requerimos una constante valoración autocrítica sobre la efectividad de nuestro quehacer, de hasta donde llegamos con nuestros mensajes y si su contenido es de la calidad que el momento, la ocasión y el público merece o espera.

Es triste que nuestros usuarios pasen páginas, cambien canales de radio o pongan en modo “silencio” el televisor porque lo que tienen delante no tiene el suficiente interés, o es ya muy conocido o carece de novedad. Cuando eso pasa no estamos cumpliendo con nuestra misión, nuestra razón de ser. Lo siento así, porque –aunque jubilado– sigo sintiendo el costillar de Rocinante bajo mi batallada armadura por un periodismo de calidad, como nuestra Revolución y nuestro pueblo, se merecen.

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